
El cuidado de quienes enseñan como valor estratégico de la gestión educativa
Un sistema educativo que enfoca sus capacidades en alcanzar resultados “tangibles”, que avalen su propuesta en el mercado y la diferencie entre otras, es plausible a todas luces.
Trabajar por la consecución de unos objetivos que aporten valor al contexto educacional, merece un especial reconocimiento. No obstante, todo buen propósito está acompañado de desafíos, contradicciones y amenazas.
En el trayecto aspiracional de las instituciones educativas, la gestión escolar suele abandonar una misión esencial: conjugar esfuerzos y recursos para salvaguardar a quienes, por vocación, consagran su vida a la transformación otros, llegando a transformar la suya propia mientras ejercen dando lo mejor de sí: los docentes. Si la alta dirección prioriza el “logro” con una visión meramente “resultadista” de la gestión educativa, socava los cimientos de una plataforma – la educación – que el mundo
requiere para seguir su senda de progreso, incluso, en medio de la incertidumbre global, provocada por las guerras, la marcada desigualdad social, la crisis ecológica, y el uso de la IA sin criterios éticos; factores que apuntan a desintegrarnos como sociedad. En suma, se deshumaniza la noble labor educativa.
El “bienestar” como consecuencia del sistema
Nadie puede cuestionar la importancia de contar con un diseño institucional que integre metas, indicadores, datos, trazabilidad de los procesos, flujos de trabajo y sistemas de evaluación pertinentes para generar respuestas eficaces al contexto en el que se educa.
Siempre, con el fin de establecer, de manera responsable, una cultura de mejora continua en las instituciones educativas; la búsqueda de la calidad, expresada en logros académicos, por ejemplo, que se enmarquen en una convivencia comunitaria más humana y en una mentalidad de crecimiento sostenible, debe obedecer a procesos en los que la intervención de los docentes, como gestores protagónicos de toda intención educativa formal, no sea un aspecto accesorio. La realidad nos da cuenta de un sistema que, por el contrario, propende a la burocratización de procesos con una carga laboral carente de equilibrios.
En este sentido, la mirada sobre la gestión de los docentes perdió sensibilidad y empatía; y, en términos formales, podríamos afirmar que la normativa ministerial, junto a la de las instituciones educativas, se las han arreglado para volver tortuoso el trabajo de los docentes en desmedro de un aspecto crítico para este cuerpo colegiado: su salud mental, entendida como la expresión de un estado de bienestar integral que le permite al docente afrontar con eficacia física, psicológica, emocional y cognitiva, las ingentes demandas del entorno educativo, alejándolos de la participación en relaciones saludables y de una práctica con sentido y relativa estabilidad.
Recuerdo la “frase motivacional” de un “líder educativo” que conocí, “tú eres tus resultados y nada más importa”. La concebí como una sentencia que debía ejecutarse a cualquier costo, incluso, a costa del bienestar de un equipo que dirigía. Todo, en el marco de la cultura de la “excelencia”.
Un síndrome que acecha y el efecto dominó
Es imprescindible empezar por el reconocimiento de una problemática real y, muchas veces, subestimada. En 2022, la Organización Mundial de la Salud (OMS) puso en vigencia la revisión
de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11). Con ello, integra el “síndrome de desgaste profesional” como una resultante de factores crónicos de estrés en el lugar de trabajo que tienen un impacto directo en la salud física, mental y emocional de quienes
ejercen determinada actividad.
La docencia no ha sido inmune a esta realidad ni a los factores de riesgos estructurales en el medio educativo; entre otros, la gestión del aprendizaje, comportamiento y conflictos en aula, el escaso tiempo pare el diseño de la enseñanza, la atención responsable a las necesidades específicas del estudiantado, el exceso de reuniones improductivas, la desproporcionada ratio profesor-estudiante y los cambios normativos recurrentes, son el resumen de una carga laboral que ensombrece – y muchas veces hasta desvía – una labor que tiene como objetivo principal acompañar el desarrollo integral de niños y jóvenes. Todas estas son fuentes de “agotamiento” y sus manifestaciones son tan variadas como peligrosas.
¿Cómo afecta una carga laboral abrumadora al docente? Existen diversos estudios liberados que evidencian las serias consecuencias que provoca un entorno laboral extenuante. Un artículo avalado por el Ministerio de trabajo y Economía Social del gobierno español, refiere
que algunas de ellas están relacionadas con afectaciones cognitivas, afectivas y actitudinales en quienes padecen del “síndrome de desgaste profesional”, la docencia incluida.
Indicadores como la frustración, la fatiga crónica, el absentismo laboral, baja tolerancia a la frustración, la irritabilidad, la desconfianza y hasta desórdenes gastrointestinales, se reflejan recurrentemente en la labor educativa; basta con que hagamos una sencilla introspección y recordemos con honestidad las veces en que sentimos uno y varios de estos signos producto de una labor que, sin dejar de ser satisfactoria y gratificante, nos ha hecho transitar por un camino en el que no hemos sido acompañados de una manera humana y empática, a más de lo profesional en lo técnico-pedagógico.
Estos síntomas terminan reflejándose, inevitablemente, en el aula de clases, produciendo efectos adversos en el rendimiento e interés de los estudiantes, además de repercutir clima anímico y relacional del salón.
No hay proceso de enseñanza y aprendizaje efectivo cuando en el actor que asume la mayor responsabilidad en la relación docente-estudiante, las energías están agotadas o desviadas hacia tareas de poca transcendencia.
El bienestar docente como política
La influencia del docente en su entorno es determinante y es consustancial al liderazgo que ejerce. El concepto de liderazgo más aceptado por la comunidad de expertos en el tema, refiere justamente esa capacidad humana que infundir sobre los demás, una ilusión
movilizadora que los conduzca hacia la realización personal y colectiva; esa es, en esencia, la labor de un buen docente.
Gracias a ello, transciende en cada interacción con sus estudiantes,
teje redes afectivas que sostienen el aprendizaje y es un irreemplazable gestor de culturas, ideas, andamiajes, aspiraciones y diversas necesidades que se interrelacionan en el aula. Sin
docentes capaces de “autogestionarse” y procesar su entorno sin colapsar en el camino, la sola idea de calidad educativa se difumina.
La mirada que la sociedad tiene sobre el rol del docente debe transmutar hacia la de un verdadero artífice y socio estratégico cuyo interés, es el interés colectivo: heredar a este mundo seres humanos con la posibilidad de insertarse en su contexto para transformarlo. Con ética, con pertinencia, con valores indestructibles, con humanidad y
sentido crítico. Para este encomiable propósito, la administración escolar está llamada a diseñar estructuras reales que se traduzcan en autonomía, valoración auténtica de la labor docente, reducción burocrática y apoyo institucional.
El establecimiento de programas específicos para la autogestión emocional, el desarrollo de competencias profesionales y personales, las redes de apoyo entre pares, entre otras estrategias, fomentan, en adición, el desarrollo de habilidades sociales, una gestión efectiva del tiempo y la resiliencia como pilares de soporte a la gestión del docente. Más allá de considerar el desgaste profesional como una
“debilidad” individual, debemos reconocer que este síndrome deriva de condiciones estructurales que están en manos de la alta dirección educativa. Por ello, el bienestar de los profesionales de la educación, debe ser considerado como una política y un factor estratégico para el éxito.
Un cambio de rumbo en el liderazgo directivo
Los líderes de la gestión escolar tienen una tarea que no admite espera. Lejos de seguir liderando desde la desconexión y la falta de reconocimiento a una problemática instalada en el sistema educativo, están llamados a construir comunidades de trabajo donde los docentes puedan intervenir en un marco de seguridad integral, condición necesaria para enseñar con claridad intelectual y compromiso.
¿Cuántos docentes extraordinarios debe perder el sistema educativo antes de convertir su bienestar en una política estratégica para la calidad?
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