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¿Dónde quedan los que se equivocan en un sistema que valora los aciertos?

Resignificar el error en el aula

En la actualidad somos parte de una sociedad acelerada y esto se refleja en las aulas. Se valora la inmediatez, la cantidad de contenidos y los buenos resultados. La calidad no espera, es necesario avanzar a la siguiente meta.

En el capítulo XIX de la Didáctica Magna, Juan Amós Comenio manifiesta: “Si alguno se equivoca, debe ser corregido, descubriendo y combatiendo la causa del error. Es increíble lo mucho que sirve este procedimiento para el más rápido
aprovechamiento.” Este filósofo y pedagogo del siglo XVII consideraba el error como elemento clave del aprendizaje. Su idea contrasta con lo que se observa el siglo XXI: en buena parte de las aulas existe una penalización del error. Los profesores corrigen tareas y exámenes, calculan una nota y comunican al estudiante el resultado. En este proceso, los estudiantes no esperan ver en qué se
equivocaron para encontrar la causa de sus errores, principalmente esperan una calificación.

Algunas preguntas que pueden llevar a la reflexión sobre este ritual son: ¿Qué se hace después de recibir un 73?, ¿se guarda el examen y se continúa con los temas de la siguiente unidad?, ¿Cómo el aula puede ser una comunidad de aprendizaje donde el estudiante pueda ser algo más que un número? Imaginemos un lugar donde corregimos juntos los errores de los exámenes, más allá de: “la
respuesta correcta era la letra C, no la letra B” o “realicen una plana con las respuestas correctas.” Un aula donde se construya espacio para identificar la causa de los errores, que invite a los estudiantes a desarrollar curiosidad por los temas y no a sentirse avergonzados porque reprobaron o porque obtuvieron una nota baja.

El aula como comunidad de aprendizaje donde se valora el error

La palabra comunidad viene del latín communitas que hace referencia a “cualidad común” y también a un “conjunto de personas que comparten intereses.” Hablar de intereses es hablar de aquello que remueve nuestro mundo interior. Si la
escuela es capaz de crear una comunidad de aprendizaje en cada aula, se abre la posibilidad de favorecer un intercambio genuino donde es posible sentirse apoyado por otro que no juzga, sino que acompaña y alienta a seguir aprendiendo
en medio de los aciertos y los errores.

¿Por qué hay tantos estudiantes amedrentados porque mañana habrá examen?, ¿por qué hasta el momento en el que saben que habrá examen comienzan a dedicar algo de tiempo a leer los apuntes? Hoy más que nunca es necesario resignificar la idea del error en el aula y de preparar a los estudiantes para enfrentarse a él sin miedo ni vergüenza. La madre de la física Marie Curie señaló que “nada en la vida debe temerse, sólo comprenderse”. Si se aplica esta idea al aula, ¿Qué procesos puede favorecer? Ojo aquí, resalto la idea de procesos ya que vivimos en una sociedad de la inmediatez, como señalé al principio, que exige resultados.

“Hoy más que nunca es necesario ir más lento para tener la oportunidad de apreciar de verdad el mundo del saber.”

Procesos y resultados: el error como brújula

No se trata de colocar a los procesos y resultados en una relación antagónica. No puede dejarse de lado que la enseñanza es una ciencia y es un arte. Se requieren conocimientos y experiencia en el arte de la formación humana, que hilvanados en un tiempo y época particular, conducen al desarrollo de la tarea educativa. El error puede ser brújula entre procesos y resultados.

¿Cómo guiar al que aprende? De acuerdo con Briceño se debe asumir el error como un conflicto productivo que puede generar un bucle recursivo donde se favorezca la reflexión sobre el error.

Algunas estrategias para lleva a cabo una pedagogía del error en el aula son:

– Abrir espacios para reflexionar sobre el error: los profesores pueden dar la confianza a los estudiantes para compartir los errores y dialogar con ellos para ver por qué ellos pensaban que la forma en la que habían realizado la tarea o ejercicio era la correcta. Es importante que esta discusión sea vista como un proceso natural dentro de la clase. Incluso los estudiantes podrían realizar un diario de errores donde expliquen cómo fue su proceso para descubrirlos y qué hicieron para corregirlos.

– Compartir sus hallazgos con el grupo: invitar a los estudiantes a participar en una comunidad de aprendizaje que reflexiona sobre sus errores y que es capaz de compartir lo que ha reflexionado sobre ellos.

– Incentivar la formulación de preguntas: una vez que comparten sus errores, invitar a los estudiantes a formularse preguntas que puedan contribuir a afianzar el tema o los temas que se están aprendiendo en clase.

Ojalá que en esta sociedad acelerada puedan encontrarse más aulas que comiencen a resignificar el error como una forma de resistencia a la incesante búsqueda de la calidad que a veces termina resultando una impostura.

Comparto la idea de Jean Pierre Astolfi, quien defiende el elogio a la imperfección. Hoy más que nunca es necesario ir más lento para tener la oportunidad de apreciar de verdad el mundo del saber.


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