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De la frustración docente a la esperanza: un sendero en construcción
La docencia está en crisis en la actualidad, la fuerza interna de cada maestro y maestra a nivel mundial se desvanece poco a poco. La enseñanza se ha convertido en un gran desafío y no hay un camino claro para fortalecerla. La combinación del estrés y el agotamiento provocan frustración, una emoción que aparece ante la falta de claridad de su rol profesional y la desilusión por no lograr los resultados esperados.
El origen de la frustración docente
Las y los docentes son juzgados constantemente, sus decisiones y acciones son cuestionadas, no sólo por estudiantes, madres, padres y cuidadores, sino incluso por sus pares, los directivos y la sociedad en general. Sienten una gran falta de apoyo e incluso dudan de que su esfuerzo sea relevante, lo que provoca que vivan la enseñanza como un gran desafío y no como una actividad que les genera ilusión; es así como su vocación se debilita. La enseñanza es un peso más en su vida, que sólo les genera estrés, desdicha y agotamiento.
Son muchos los factores que llevan a las y los docentes a experimentar la enseñanza desde la inercia, la insatisfacción e incluso el enojo. En ocasiones pueden sentirse perdidos ante las múltiples tareas que deben realizar como: la planeación, el desarrollo de las clases, los ajustes curriculares, además de la resolución de conflictos dentro del aula, la asistencia a reuniones y la actualización que no sólo es necesaria, sino se ha convertido en una exigencia profesional.
Olivia Pérez, investigadora independiente, menciona que la frustración laboral de los docentes aparece cuando se presentan factores como la falta de material para el desarrollo de sus clases o el mal salario que reciben (2024). Aunado a lo que ella señala, podemos resaltar el hecho de que la desvaloración de la profesión docente está en aumento, no se reconoce como una actividad esencial para el desarrollo social como era percibida unos años atrás.
La frustración llega y el ser se desvanece
Cuando la frustración entra en el aula, el docente se encuentra frente a una persecución construida por sus propios miedos, inseguridades y necesidades profundas. El cansancio se hace visible y la vocación pesa. Si antes sentía pasión por enseñar, ahora se convierte en una carga vital. Es una actividad mecánica que simplemente le permite sobrevivir.
Antes encendía un fuego interno que llenaba su interior, ahora sólo es una actividad que le permite llevar comida a su mesa. Una actividad que disfrutas te ayuda a seguir, te impulsa, alimenta tu fuerza interna y le da un sentido profundo a tu existencia; por el contrario, cuando te lamentas, te resistes o sufres para hacer algo te provoca tristeza y día con día consume tu energía, además el cuerpo y la mente no te responden. Vives como un autómata, pasas de una acción a otra sin que genere una emoción positiva o sea un verdadero aporte a tus metas personales.
Así viven la mayoría de los y las docentes, con la energía drenada y sin tener la posibilidad de nutrir su ser. No sólo no disfrutan enseñar, muchas veces se resisten a hacerlo. Se
alegran cuando se termina la jornada laboral, pero el tiempo de descanso no es suficiente para recuperarse. No encuentran una posibilidad para fortalecer su vocación y darle otros colores a la enseñanza; se ha debilitado incluso el vínculo con los y las estudiantes, más bien se alejan de ellos e incluso les da miedo relacionarse profundamente.
Cuando el hacer es el centro del acto educativo el ser se olvida, se le da un mayor peso a las acciones y los resultados, se vuelve imposible contestar preguntas que le dan un verdadero sentido a la vida como: ¿Quién soy?, ¿Cuál mi propósito?, ¿Cuál es el mundo que me gustaría recrear?; pareciera que no son necesarias, porque lo único que importa es llenar formatos y entregar calificaciones. La enseñanza deja de ser un proceso de transformación y se convierte en un acto mecánico.
De la frustración a la esperanza
La frustración aleja al docente de sí mismo. Sin embargo, no sólo vive alejado de todo, vive con desconfianza y en ocasiones el encuentro con los demás se vuelve una amenaza. Al estar en un estado de alerta constante su cuerpo simplemente reacciona ante los estímulos externos y cada clase se convierte en un desafío; se esfuerza por mantenerse en pie y sólo busca terminar el ciclo escolar de la mejor manera. Ante esta situación, es imposible que reconozca su papel como agente de transformación social.
No está en condiciones de recrear el mundo, de luchar ante las injusticias dentro y fuera del aula. Se queda inmóvil ante los dolores vitales, propios y de los demás, puede que los reconozca, pero no hace algo por sanarlos. En este punto se vuelve imprescindible que el docente eduque la esperanza, necesaria para la lucha por un mundo mejor. La esperanza no como espera vana sino como una necesidad auténtica del ser (Freire, 1993).
Las maestras y los maestros necesitan sentirse acompañados en la construcción de un camino esperanzador de la educación. En donde el centro sean las personas, sus historias y necesidades profundas.
La enseñanza necesita transformarse verdaderamente, para dejar de ser un peso y convertirse en un acto que reconoce la vida y, al mismo tiempo, la nutre de movimiento, libertad y utopía.
Referencias:
-Freire, P. (1993). Pedagogía de la esperanza. México: Siglo XXI editores.
-Pérez, O. (2024). La frustración en docentes de educación primaria rural y su impacto en el desempeño de los estudiantes. Ciencia Latina Revista Científica Multidisciplinar, 8(2),
2685-2702. https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v8i2.10704
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