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Reflexión docente y desaprendizaje

Desaprender para enseñar: El giro que transformó mi docencia

Durante mis primeros años como docente, confundí autoridad con miedo y respeto con control. Solo cuando me atreví a desaprender, pude volver a disfrutar la enseñanza y reconstruir el vínculo con mis estudiantes.

Mi primer contacto con la enseñanza fue a los 16 años, cuando daba clases de piano y guitarra a niños pequeños. Era un espacio de exploración, paciencia y cuidado, donde el aprendizaje ocurría sin castigos ni amenazas. Sin saberlo entonces, esa experiencia temprana contenía una clave que el sistema educativo formal tardaría años en devolverme.

Sin darme cuenta, caí en esa trampa

Cuando el sistema enseña a endurecerse

Al ingresar a la educación formal, aquella sensibilidad no parecía tener lugar. Pronto se hizo evidente un discurso de poder: docentes que esperaban el error para sancionar, estudiantes considerados irrelevantes, vínculos construidos desde el control y la desconfianza.

Sin darme cuenta, caí en esa trampa.
Durante mi primer año de docencia me convertí en aquello que nunca quise ser: una maestra que imponía autoridad desde el miedo, que respondía con dureza y que terminaba cada jornada vacía, agotada e insatisfecha.

Me sentía parte de un sistema que promovía el distanciamiento entre docentes y estudiantes. Y aunque el entorno explicaba muchas cosas, comprendí algo incómodo: yo también estaba reproduciendo ese mismo modelo.

El comienzo del desaprendizaje

Observé entonces que solo había recibido aquello que yo misma entregaba.
Construí una coraza para proteger mis inseguridades, una coraza que los estudiantes —con esa extraordinaria capacidad adolescente para detectar fisuras— identificaron de inmediato. Respondieron a mi frialdad con la intensidad propia de su edad.

Lo que antes me parecía injusto —el desafío, la confrontación, incluso la humillación— comenzó a resultarme comprensible. Yo había contribuido a construir esa distancia.

Mientras siguiera culpando al sistema o a los estudiantes, no podría disfrutar aquello que había elegido como profesión.

El respeto que se impone desde el miedo deja de ser respeto.

Esa pregunta marcó un quiebre:
¿El respeto se gana o se impone?
¿Y si se impone, sigue siendo respeto?

Cambiar el lugar desde donde enseño

Ese cuestionamiento me obligó a abandonar, poco a poco, la narrativa de víctima. Al año siguiente decidí posicionarme desde otro lugar y los resultados fueron diametralmente opuestos.

Lo primero fue dejar de tomarme todo de manera personal. Los docentes solemos olvidar que los estudiantes llegan al aula con una historia previa: otros profesores, otras dinámicas, un bagaje emocional que no comienza ni termina con nosotros.

Creemos que todo gira en torno a nuestra asignatura, a nuestra figura. Y cuando algo no fluye, lo vivimos como un ataque personal.

Cuando solté esa idea y comencé a mirarme con los ojos de mis estudiantes, muchas de mis barreras se derrumbaron. Me permití reír más, relajarme más, habitar la clase con mayor honestidad.

Las clases comenzaron a fluir.

Lo que ocurre cuando el aula se humaniza

Mis estudiantes de esa época aún recuerdan lo que aprendieron conmigo. Pero lo que más me sorprendió fue escuchar a cursos de niveles inferiores expresar su deseo de llegar a los cursos superiores para tenerme como docente.

Algo tan simple —y tan difícil— como la introspección había generado un impacto real.
Comprendí entonces que muchas relaciones aparentemente “armoniosas” entre docentes y estudiantes no son genuinas, sino frágiles. Se sostienen en la necesidad de reconocimiento, en el buen nombre, en la apariencia.

Pero esas relaciones no transforman.
Solo perpetúan un espejismo de conexión.

Enseñar sin máscaras

Al finalizar mi segundo año de docencia entendí que la verdadera libertad docente no está en el control, sino en la coherencia. En tomar decisiones ajustadas a los estudiantes reales, no a modelos idealizados.

Aprendí a planificar en conjunto, a construir evaluaciones significativas y, sobre todo, a ver a mis alumnos como seres humanos complejos, no como “adolescentes” en un sentido peyorativo.

No creo haber aprendido todo sobre cómo dar clases. Pero sí sé que construí una base sólida para relacionarme con los estudiantes y, desde ahí, volver a disfrutar profundamente la docencia.

Un llamado al desaprendizaje

Cuando escucho a colegas hablar de “grupos difíciles” o de “mala suerte”, siento compasión. Porque muchas veces esos grupos vienen a mostrarnos algo que no queremos ver. Y lo que llamamos mala suerte suele ser la consecuencia de no mirarnos hacia adentro.

Creo firmemente que la docencia debe repensarse desde la docencia misma, pero también desde otras disciplinas que nos ayuden a salir de la inercia y el automatismo.Desaprender es un proceso continuo, incómodo y desafiante.
Pero solo cuando nos permitimos desaprender, podemos realmente enseñar.


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