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Aprender desde el cuerpo, el error y la risa como acto profundo de transformación educativa

Pedagogías vivas: creatividad, error, sonreír para sanar

Imaginar un sistema educativo que excluya la creatividad es un delito que algunas y algunos docentes con grandes sueños decidimos afrontar. Sobre esta realidad, pueden existir muchas estrategias para erradicar esta fechoría contemporánea; la que les quiero contar, apegado a la seriedad y respeto que merecen los lectores y lectoras: se llama circo.

Si pensamos en el sistema formal educativo de Costa Rica y las artes aceptadas en estos espacios, el circo es visto como una práctica poco seria, poco “elegante” para un sistema educativo que llama a la elocuencia y ha normalizado a las artes plásticas, danza, teatro, música, literatura, etc. como las dignas de festivales estudiantiles y efemérides. De entrada, el principal reto que he identificado radica en comprender que, dentro de la cultura costarricense, el circo no suele ser reconocido como una manifestación artística. Se trata de una concepción cultural en la que términos como circo o payaso adquieren connotaciones despectivas, pues se emplean con frecuencia en el discurso
político para desacreditar a ciertos actores o, bien, para insinuar que la opinión de alguien resulta altamente risible. Teniendo esto claro, resulta interesante pensar que personas adolescentes buscan
romper este estereotipo y deciden, más bien, defender su derecho a construir otras formas de hacer arte y expresión democrática.
¿Circo para qué? ¿Rebeldía, convicción o necesidad de espacios de expresión?

Estoy convencido de que el circo brinda a la humanidad la capacidad de crear, es un universo pedagógico poco explorado dentro de la educación formal, parte de su riqueza radica en que supera la repetición acrítica de conceptos y permite aprender desde el cuerpo, desde el movimiento, desde la capacidad del ejercicio lúdico sin temor al error, abrazando la vulnerabilidad, empatía y la resiliencia como compañeros y compañeras que guían al ser humano a conocerse, a sanarse; justamente por esto decidimos nombrar a nuestro grupo circense “Kura – Circo”, pues para los y las costarricenses, la palabra curar se asocia con sanar.

El circo nos devolvió la posibilidad del asombro a todos sus integrantes, un asombro sano, empático, donde en el proceso de creación tenemos el atrevimiento de soñar y sonreír mientras imaginamos mundos distintos, utópicos, donde todos nos podemos cobijar bajo la misma idea, la carpa, donde el
ser humano pudo sonreír hasta llorar de alegría.

Resiliencia, humildad y error, grandes maestros del circo.
Decimos en Costa Rica “nadie nace aprendido” y es un hecho que tampoco se aprende al mismo ritmo, tenemos diversidad de estilos de aprendizaje, diversidad de cuerpos, diversidad de áreas donde las personas adolescentes que inician a experimentar el circo, pueden potenciar habilidades, no es fácil aprender a hacer malabares, zancos, acrobacia aérea, etc. Pero quien se disponga a
aprender, se enfrentará con una realidad circense: aprender a manejar una técnica conlleva horas, semanas y meses de práctica. Esto puede ser conflictivo para los jóvenes en la “sociedad que exige perfección, competitividad, producción y rapidez”, pero bueno, en Kura Circo rompemos esa percepción y entendemos que todo lo bueno lleva su tiempo y proceso, de alguna forma comprender los procesos es lo que vale de este camino creativo.

La sociedad capitalista nos ha vendido la idea de que conforme crecemos no podemos mostrar errores, el buen profesional a contratar, es el que no se equivoca, si lo hace, debe ocultarlo, pues
hay una reputación que mantener, vale más fingir eficiencia que el valor de pedir una disculpa.

Quien esconde su error se engaña a sí mismo; quien abraza sus imperfecciones, abraza la felicidad.

Si una persona adolescente pierde una pregunta en una prueba escrita del sistema educativo, éste le muestra el error en una nota final, sin derecho a reponerlo. En resumen, la sociedad nos ha dicho que el error es un fantasma que hay que esconder en el closet para ser considerados adultos, o que
hay que afrontar como una pérdida difícil de reponer.

Por el contrario, el circo nos enseña que todos los cuerpos aprenden a su ritmo, que por naturaleza seremos “torpes” en algunas áreas cognitivas o corporales, eso está bien, eso es la normalidad, eso nos lo muestra el payaso en sus shows en la carpa, abraza las imperfecciones, lo extraño aquí es tener que justificar una realidad biológica para calzar en un sistema que nos impone lo antinatural.

Practicar circo nos lleva a entender que el abrazar el error sin temor a cometerlo crea al maestro, la resiliencia con el circo es una escuela de vida, cada intento es un avance, un escalón arriba que nos indica que no nos hemos rendido, reconocer la equivocación es un hermoso ejercicio de humildad
que requiere madurez. Quien esconda su error se engaña a si mismo, quien abraza las imperfecciones, abraza la felicidad.

Reconocer nuestro vínculo con el error como la base del aprendizaje activo, romper el mito de la perfección productiva a corto plazo de la sociedad capitalista actual, puede evitarle muchas dolencias psicológicas a las personas estudiantes de nuestra agrupación, tener conciencia de que un espacio lúdico puede representar esto, es igual de importante, esto se logra también mediante una metodología que acompaña con espacios de diálogo y análisis de sus contextos.

El circo es cosa seria. Hemos construido una pedagogía que toma como pretexto el aprendizaje de técnicas corporales circenses para personas estudiantes de secundaria, pero hemos comprendido que lo que realmente interesa es la formación de personas humanistas desde el circo, disciplinadas
por el bien común, que comprendan que el circo y la carpa son un espacio que se enriquece de la diversidad de pensamiento, de culturas, de formas de amar, del respeto a otros ecosistemas vivos y no a su explotación para el entretenimiento humano, que celebra todas las formas y tamaños de cuerpos, que sonríen para construir vínculos. Estas ideas pueden ser poco populares para algunos sectores de la sociedad costarricense ya que han normalizado otro tipo de prácticas, justamente en
momentos sociales donde la posverdad impone criterios donde nos quieren hacer pensar que es relativo el respeto a personas inmigrantes, sexualmente diversas, de diferentes etnias, religiones, etc.

Sonreímos con el otro, no del otro. Sería imposible pensar en un circo sin sonrisas, es innegable también que para el artista circense la sonrisa es sinónimo de aplauso, de reconocimiento, de construcción de espacios seguros. Dentro de esta temática, Costa Rica es uno de los países con mayor índice de ciberbullying a nivel mundial, el bullying se puede manifestar de muchas formas, todas ellas violentas, lamentablemente, una de ellas puede venir desde la sonrisa mal intencionada.

Como equipo de artes circenses, desde Kura Circo nos hemos dado a la tarea de formar sonrisas, porque sí, la sonrisa es una expresión cultural normalizada y aceptada, creemos entonces que podemos aprender a sonreír para hacer sentir bien a otros y por supuesto, debemos cuestionar lo que nuestra sociedad u otros grupos etarios han normalizado dentro de las sonrisas y reconstruir tradiciones y costumbres desde la empatía circense.

El arte de practicar la pedagogía del circo requiere constante diálogo, pero para que el diálogo se desarrolle urge la creación de espacios seguros, donde la protección de la libertad de expresión sea una base, desde donde también se pierda el miedo al error, se renuncie a posiciones estáticas y a la
necesidad de tener la razón. El espacio seguro nos lleva a la libertad de jugar, jugamos como un acto voluntario porque es la forma más natural de aprender, cuando aprendemos podemos comparar el aprendizaje con nuestra realidad y logramos crear otras realidades, es ahí donde la educación
toma sentido, pues esa creatividad es la herramienta de cambio, un cambio sin la verticalidad de la educación formal, donde son las bases las que van construyendo, desde el conocimiento de sus necesidades reales, otras formas de afrontar sus realidades.


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