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El Caballo de Troya
En medio de la exigencia por ser siempre competente, el mundo interior del docente comienza a cargarse en silencio. ¿Qué ocurre cuando aquello que no se nombra empieza a habitar —y a transformar— su forma de enseñar?
El Caballo de Troya en la vida del docente
Mucho se habla de las capacidades que deben tener los docentes para el ejercicio actual de la profesión, sin importar el nivel en el que se desempeñe, gestionándose y ofreciéndoles espacios formativos que, en la mayoría de los casos, apuntan solo al ámbito de las habilidades y generan en la persona una mayor tensión pues, si no las cumple es calificada como no actualizada o competente, teniendo el riesgo de perder la fuente laboral.
Este proceso riguroso, catalogado como de docente eficiente y efectivo, va normalizando en la persona que sus emociones y vulnerabilidades se conviertan en algo escondible, invisible y no
atendible “hasta que haya tiempo de hacerlo”. Obviamente, tal tensionalidad puede convertirse en una bomba de tiempo. Pero, y sin caer en extremos fatalistas, debemos ser conscientes que las cargas irán saliendo de diversas formas, tanto en el desempeño
profesional como en el manejo o no de las emociones.
Lo dicho hasta el momento, ¿Qué tiene que ver con el caballo de Troya? Pues es simple… todo lo que le bombardea interna o externamente al docente se va introduciendo en su mente y
emociones, generándole pensamientos recursivos y que lo van haciendo sentir una persona no apta o calificada para el desempeño profesional.
Naturalmente, lo dicho respecto lo que sucede con un maestro es aplicable a cualquier ser humano. La única y gran diferencia es que, si nos seguimos creyendo en el papel docente como el de un guía, hace que este esté constantemente tanto en el ojo de la tormenta como con el acecho de personas que esperan verlo fracasar.
Es ahí donde, como los griegos que se introdujeron en Troya y causaron todo lo que nos cuentan los clásicos, las emociones van minando la vida interior del maestro, quien muchas veces se siente desprotegido y sin poder contar con pares y autoridades que le permitan expresarse y solicitar ayuda y contención.
Pero, ¿y si lo que se introduce mediante el caballo en nuestro interior fuera distinto? Porque está por demás evidenciado el ámbito negativo del asunto y poco explorado el positivo. Me
explico un poco más.
Un camino posible
La educación, más allá de que realmente es un medio y no un fin, necesita no solo clarificar el fin al que se orienta y apoya si no, plantearse una serie de escogencias que son necesarias.
Analicemos algunas de ellas que, en mi opinión, son de importancia:
– Superar la dicotomía opositiva entre urgencia e importancia. La educación nunca debería responder a las urgencias sociales que se presentan, pues debe recuperar su sentido crítico y proponer alternativas posibles para los horizontes sociopolíticos, científicos y económicos que se gestionan en los diversos ámbitos y países. En ello, el rol docente no es simplemente transmitir conocimientos si no, coadyuvar al desarrollo del pensamiento crítico informado científicamente.
– Dejar de formar al ciudadano y retomar la formación de la persona. Es cierto que las familias, como núcleos sociales, son las primeras encargadas de la formación del ser humano. Pero, es innegable y al mejor estilo socrático, que la educación necesita fortalecer dicho rol, no solo aportando conocimientos si no, generando experiencias vivenciales y significativas en las que se aplique lo aprendido y generen nuevos aprendizajes, preguntas y respuestas sociales.
– Para lograr los dos puntos anteriores, se debe priorizar al maestro. Él es quien guía y acompaña a las personas en formación, no el sustituto faltante en el hogar o en lugar
del hogar. Ello no será posible sin pensar que también son personas que tienen vidas y hogares que necesitan de ellos. Por tal razón, no es posible seguir creyendo que son todólogos ni que deben recibir toda la basura emocional que cargan las familias. Harán magia, siempre y cuando, recordemos que son iguales a cualquier otra persona, pero con una vocación diferente: coadyuvar en la construcción de personas.
– Gestionar un sistema interno de soporte. Como todas las personas, el educador necesita de un acompañante, que puede ser la persona encargada de la dirección de la
institución educativa u otra, así como el abrir espacios de diálogo libre, en el que sientan que pueden compartir sus cargas personales y laborales, sin caer en que ello se convierta en sesiones de terapia o catarsis que, en lugar de ayudar, parcialicen y entorpezcan las situaciones socioemocionales.
La luz al final del tunel
Queda aún mucho camino por recorrer en la reconfiguración de aquello que podría ser la labor educativa, así como el rol y posicionamiento de las personas encargadas de ello. Pero,
interesantemente, al estar en un cambio de época, es muy posible y pensable el generar procesos y roles diferentes a los caminados hasta el momento.
Un aporte interesante es el que proviene de las neurociencias, que deberían incluirse en los currículos formativos de los futuros profesionales docentes, así como jornadas de actualización en las mismas a quienes ya vamos un trecho de camino. Pero, tales miradas, necesitan ser reflexionadas en otros espacios que, confío, puedan ser las temáticas que nos encuentren en un siguiente espacio.
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